El nuevo clivaje aún no nace (y el viejo se resiste a morir)

Por qué el triunfo de Kast no inaugura un orden estable.

Columnas de opinión
Autor/a
Afiliación

Ismael Aguayo

Universidad de Chile

Fecha de publicación

23 de enero de 2026

Un clivaje se define como la distinción que ordena las preferencias políticas y la conformación de los partidos políticos en un país. Ejemplos clásicos de esto son Iglesia vs. Estado o campo vs. ciudad. Desde la transición democrática en Chile, varios análisis han planteado que la distinción principal de la política chilena se causó en el plebiscito que acabó con el régimen militar: el clivaje autoritarismo-democracia. Según esta perspectiva, la ruptura histórica en torno a la dictadura definió los siguientes 20 años de gobierno comandados por la Concertación de Partidos por la Democracia. Es más, el único presidente de derecha que logró llegar al poder, Sebastián Piñera, fue en concreto uno que se posicionó en contra de la continuidad del régimen en 1988.

No obstante, en los últimos años se ha postulado que tal clivaje histórico perdió relevancia, dando paso a una nueva distinción que determinará las preferencias políticas en nuestro país. Recientemente y en especial luego de la arrasadora victoria de Kast este domingo (con 58,16% de votación y mayoría en todas las regiones), diferentes analistas políticos (Ej: Altman, 2025; Belolio, 2025; Joignant, 2025; Ortuzar, 2025), medios tradicionales (Ej: Blanco - Emol, 2025) y vocerías de partidos (Ej: Rincón, 2025) han postulado que el nuevo clivaje se define por el antagonismo ocasionado por el plebiscito constitucional de 2022, donde con una votación similar a la que observamos el domingo (61,89% de rechazo), la población decidió no continuar con el proyecto de transformación estructural. Los dos polos opuestos serían la “refundación” del sistema neoliberal y la “recuperación del orden institucional”, viendo el segundo grandes ventajas evidenciadas en las últimas elecciones. Sostengo que estos análisis pecan de apresurados; un clivaje no se define por una moda electoral, sino por una ruptura estructural de larga duración. El amplio triunfo de Kast y la derrota reciente del proyecto de la izquierda se puede deber a muchas otras razones, y creo que la distinción en torno al Apruebo y el Rechazo no captura todas las características y desafíos que plantea la política nacional contemporánea.

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Aunque algunos de los autores citados sí lo reconocen, creo crucial dejar claro que el clivaje en torno a la dictadura militar sigue vivo: la derecha chilena en gran medida está enraizada en Pinochet y su proyecto ideológico. En esta última campaña, fuimos testigos de declaraciones desafortunadas de los tres candidatos representantes de la derecha en que reivindicaban (explícita o implícitamente) la dictadura y sus horrores. En especial dos candidatos, Evelyn Matthei y el actual presidente electo, tuvieron posiciones relevantes tanto en la campaña del Sí como en el partido fundado por el ideólogo de la dictadura, Jaime Guzmán. El mismo Partido Republicano, fundado por Kast, se plantea como el real sucesor de las ideas de Guzmán, ante una derecha “débil” que se habría sometido ante los avances sociales de la Concertación. Las semanas previas a la primera vuelta, un debate que se apoderó de los medios fue por quién votaría Jaime Guzmán, y mientras que Matthei era la candidata de su partido, se defendió que Kast era el real heredero del gremialismo. Es un hecho que los cambios demográficos y de las agendas nacionales han causado que el clivaje autoritarismo-democracia no sea tan relevante como lo fue en un pasado, declive puesto en evidencia por hechos como la primera victoria de un presidente que plantea abiertamente haber estado por el Sí, y el apoyo que obtuvo en campaña por figuras concertacionistas históricas como Frei Ruiz-Tagle (que, cabe destacar, sufrió las peores consecuencias de la dictadura en su familia). Pese a esto, plantear la extinción de este antagonismo es extremo, ya que sigue permeando activamente el debate público (se vio por ejemplo en la discusión en torno al indulto de Krassnoff y el Plan Nacional de Búsqueda). El proyecto de la derecha de dejar la historia represiva en el pasado y mirar hacia adelante está marcado por la conveniencia, al mismo tiempo que cercanos al presidente electo proponen liberar a torturadores que él mismo visitaba amistosamente hace unos años.

A mi parecer ha pasado muy poco tiempo desde el estallido, el plebiscito y el gobierno de Boric (aún ni siquiera finalizado) para plantear algo como un nuevo clivaje estructural. Hay muchas explicaciones alternativas que en este momento considero mucho más convincentes para entender las últimas elecciones.

Como primer punto, el comportamiento anti-establishment del voto chileno (presente en gran parte del mundo) es algo altamente estudiado. Desde el gobierno de Lagos, ningún presidente ha logrado traspasar el poder a alguien afín a su ideología. Sumado a esto, luego de un ciclo de movilizaciones álgido que tuvo su peak en el estallido social del 2019, con grandes reivindicaciones sociales que atacaban directamente a las consecuencias del sistema neoliberal, la opinión pública dio un vuelco rechazando el proyecto constitucional de la Convención en septiembre del 2022. Luego de esto, el proyecto del Consejo Constitucional con mayoría republicana también fue reprobado por los chilenos con amplia mayoría. ¿Por qué lo que vemos en la votación de ayer no es simplemente otra evidencia más del voto anti-establishment? Creo que con solo una amplia victoria de la derecha luego del rechazo es muy pronto para responder a esta pregunta.

El segundo factor que se ha planteado es la aparición de otras oposiciones o narrativas que podrían disputar el lugar de clivaje en el futuro. Uno de estos es el antagonismo pueblo-élite, altamente presente en el estallido social, la elección de la Lista del Pueblo y más recientemente en las enormes votaciones de Franco Parisi y el Partido de la Gente. Esta retórica populista plantea representar a la gente que ha sido traicionada por el sistema, buscando ajusticiamiento contra una élite que históricamente no lo ha tenido (con un sujeto de “élite” cambiante, actualmente representado por la política, pero antes por la élite empresarial). Esta disputa presenta a mi parecer un mayor potencial, ya que trasciende a los ejes políticos tradicionales (hemos observado cómo actores de distintas ideologías la utilizan para llegar al poder).

Como tercer determinante, y actuando como el gran acelerador de esta volatilidad y desafección, están las nuevas infraestructuras de socialización política. Las plataformas digitales y los algoritmos no son meros canales neutrales; son arquitecturas que hoy incentivan la fragmentación y recompensan la retórica polarizante propia de los populismos. Si el caso de Cambridge Analytica en 2016 evidenció cómo estas herramientas pueden alterar la intención de voto, la reciente elección en Chile demostró la madurez del fenómeno: fuimos testigos de la proliferación de granjas de bots y fake news diseñadas para exacerbar el antagonismo y favorecer narrativas de trinchera, en particular desde un sector político. En un país donde la penetración digital es casi total, con un 95% de la población utilizando smartphones diariamente (SUBTEL Cadem, 2024, p. 41), los algoritmos de recomendación encuentran el terreno fértil perfecto para potenciar la polarización, la volatilidad política y el auge de los populismos. Al capturar la atención de los votantes y crear cámaras de eco, las plataformas digitales se plantean como un factor clave para un futuro más fragmentado. Evidenciando su importancia, en las elecciones anteriores Franco Parisi, a través de una campaña exclusivamente digital y sin poner un pie en el país, logró obtener el tercer lugar con un 12,8% de votos, desplazando a los sectores tradicionales de izquierda y derecha. Creo que estas nuevas lógicas dificultan la aparición de un clivaje (que per se requiere cierta estabilidad) y fomentan una política definida por las coyunturas.

A modo de cierre, la historia reciente demuestra la incapacidad de la clase política para resolver problemas estructurales, generando una espiral de decepciones que ha pavimentado el camino a posiciones más extremas. José Antonio Kast llega al poder con una retórica clara de rechazo al gobierno actual, y bajo tres banderas principales: seguridad, control migratorio y economía. Sin embargo, su programa carece de viabilidad técnica en puntos críticos y no se han dado explicaciones claras a muchas preocupaciones ciudadanas. Es altamente probable que su administración choque rápido con las expectativas desmedidas que ha generado, convirtiendo la proyección sobre este supuesto “nuevo clivaje” en otra coyuntura breve, tal como nos tiene acostumbrados la política chilena reciente. Sumado a esto, una serie de problemas sociales (como las pensiones, la educación y la desigualdad) siguen latentes, y nada asegura que no vuelvan a resurgir como las principales demandas ciudadanas en los próximos años.

Es evidente que el clivaje histórico autoritarismo-democracia, aunque existente, ha perdido su capacidad ordenadora central. No obstante, no existen argumentos suficientes para declarar el nacimiento de un clivaje Apruebo-Rechazo o Refundación-Recuperación. Aunque el programa actual de Kast es en gran medida identificable con el proyecto de recuperación del orden institucional y logró aunar a los sectores que apoyaban el rechazo, esto puede ser explicado por múltiples factores y no necesariamente implica una distinción estructural duradera. Si bien el análisis original realizado por Altman y otros politólogos señala los indicios de la aparición de un nuevo clivaje, la narrativa mediática y política estos días ha presentado una versión menos matizada de esta tesis, donde la última votación es prueba absoluta de la imposición del clivaje Refundación-Recuperación. Quienes plantean esto parecen querer congelar una foto del momento para asegurar una hegemonía política duradera (como la ostentó en su momento la Concertación). Si estamos ante un nuevo clivaje o no, es algo que solo el tiempo podrá decir, pero no puedo evitar recordar la gran cantidad de análisis que surgieron luego del estallido social planteando que Chile sería la tumba del neoliberalismo. A mi parecer, lo que viene no estará marcado por una oposición clara necesariamente, sino por la profundización de los discursos anti-élite, la proliferación del populismo y el castigo a quienes están en el poder. Todo esto agudizado por los nuevos mecanismos de propaganda digitales, que (sin regulación alguna) recién empezamos a entender. El viejo clivaje se resiste a morir, pero el nuevo aún no nace (y tal vez nunca lo haga).